Fluir con tus hij@s en situaciones difíciles

«Si somos capaces de ver a nuestros hijos con una mente abierta y con receptividad, y de ver la pureza de la vida expresándose a través de ellos a cualquier edad, podremos despertar en cualquier momento a su verdadera naturaleza y a la nuestra propia. » Jon Kabat-Zinn

Hay momentos donde fácilmente puede salir a relucir lo peor de uno, especialmente con los hijos cuando estamos ocupados o cansados y el comportamiento de estos requiere que prestemos toda nuestra atención a la situación y tomar una decisión inmediata.

La empatía, ese sentimiento que nos une a las otras personas al ponernos en su lugar, y en el caso de los niños y adolescentes en su etapa de desarrollo, es una cualidad que nos ayuda a mantener la armonía y la confianza en la relación con nuestros hijos en los momentos difíciles.

Comparto un magnífico relato que leí hace tiempo y me hizo pensar mucho sobre la reacción de ira que se suele tener (modelo de la «educación» de las generaciones anteriores) cuando los hijos hacen una trastada, no escuchan, contestan o no cumplen con sus deberes:

“Papá se va a enfadar mucho”, dijo mi madre. Era el mes de agosto de 1938, en una casa de huéspedes de Catskill Mountains. Una tarde viernes, tres de nosotros -chicos de ciudad de nueve años de edad- estábamos presos de la apatía. Habíamos hecho ya todas las cosas típicas de un verano en el campo: habíamos cazado todas las ranas, habíamos cogido moras y habíamos tiritado ya suficientes veces en las frías aguas del río. Lo que necesitábamos aquella tarde insoportablemente aburrida era algo de acción. Para considerar las diferentes opciones, Artie, Eli y yo nos refugiamos en el frescor del “casino”, un pequeño edificio en el que los huéspedes solían disfrutar de partidas de bingo nocturnas y de la actuación ocasional de magos itinerantes.

Poco a poco llegó la inspiración: el casino era demasiado nuevo y la estructura de madera y las paredes de yeso blanco demasiado perfectas. Así que decidimos hacer algunos pequeños daños y dejar nuestra marca anónima en el lugar para siempre. Por supuesto, sin pensar en las consecuencias.

Comenzamos cogiendo un gran banco de madera y estrellándolo contra una de las paredes como si de un ariete se tratara, dejando un agujero maravilloso. Aunque pequeño. Así que lo hicimos otra vez. Y otra vez…

Al rato, respirando agitadamente y sudando el sudor de los héroes, los tres inspeccionábamos nuestro primer daño realmente importante. El proceso había sido tan gratificante que nos dejamos llevar. Casi no quedaba un sólo metro cuadrado sano de pared.

De repente, y antes de que apareciera el más pequeño indicio de remordimiento, apareció el propietario, Mr. Biolos, en la puerta del edificio. Furioso y con ansias de justicia: ¡Se lo contaré a vuestros padres en cuanto lleguen de la ciudad por la noche!

Entre tanto, se lo contó a nuestras madres. A mi madre le pareció tan monstruoso lo que había hecho que decidió dejar el castigo en manos de mi padre, diciendo: “Papá se va a enfadar mucho.”

A las seis de la tarde Mr. Biolos estaba aparcado en el camino de entrada a la casa, esperando con aire de gravedad a que los padres comenzaran a presentarse. A sus espaldas, los indignados huéspedes se amontonaban en el porche delantero como si estuvieran en la grada de un espectáculo. Habían visto el daño ocasionado a su palacio del bingo y sabían que tendrían que soportar esas condiciones durante el resto del verano. Ellos también ansiaban justicia.

En cuanto a Artie, Eli y yo, habíamos encontrado un discreto lugar en el porche, no demasiado lejos de nuestras respectivas madres. Y esperábamos. El padre de Artie llegó el primero. Cuando Mr. Biolos le dio la noticia y le enseñó el malogrado casino, aquél se quitó cuidadosamente el cinturón y -con depurado estilo- azotó a su hijo con saña mientras éste gritaba. Con la aprobación, por cierto, de un airado grupo de personas entre las que antes reinaba la dulzura.

El padre de Eli apareció después. Tras haber sido informado y mostrado lo ocurrido, se volvió como loco y tiró a su hijo al suelo de un golpe en la cabeza, y luego le propinó patadas en las piernas, nalgas y espalda mientras Eli permaneció tumbado en la hierba llorando. Cuando intentó levantarse, su padre volvió a patearle.

La gente murmuraba: “Claro, deberían habérselo pensado antes de hacer el daño. Sobrevivirán, no os preocupéis, y apuesto a que no vuelven a hacerlo.”

Yo me preguntaba: ¿Qué hará mi padre? Él nunca me había puesto la mano encima. Yo sabía lo de los otros niños, había visto los moratones en algunos compañeros de clase, e incluso había oído los gritos procedente de algunas casas de mi calle por la noche. Pero se trataba de aquellos chicos y de aquellas familias, y el porqué y el cómo de sus moratones eran sencillamente un oscuro misterio para mí. Hasta ahora.

Lancé la mirada hacia donde mi madre se encontraba. Se le veía preocupada. Antes me había dejado claro que lo que había hecho era una especie de crimen. Pero, ¿significaba eso que las palizas fueran de repente el nuevo orden a seguir?

Mi padre llegó de repente en su Chevy, justo a tiempo para ver al padre de Eli arrastrando a su hijo por los escalones del porche hasta el interior del edificio. Salió del coche creyendo -yo estaba seguro- que fuera lo que fuera que hubiera ocurrido, Eli debía de merecerlo. Me mareé del miedo que sentía. Mr. Biolos empezó a hablar como si le hubiesen dado cuerda. Mi padre, con su camisa empapada de sudor y un pañuelo húmedo alrededor del cuello, escuchaba. Nunca le había sentado bien el clima húmedo. Le observé mientras seguía a Mr. Biolos hasta el interior del casino. Mi padre -una persona fuerte y de principios, estaba enojado- ¿qué estaría pensando de todo esto?

Una vez fuera, mi padre miró a mi madre. Formó con los labios un “hola”, y entonces sus ojos se encontraron conmigo y me miraron fijamente y sin expresión durante un largo momento. Intenté leer su mirada peros ésta se volvió hacia la muchedumbre, de una cara expectante a otra.

Entonces, sorprendentemente, se metió en su coche y se marchó. Nadie, ni siquiera mi madre, imaginaba a donde podría haber ido.

Una hora más tarde volvió. Atado a la parte superior de su coche había una pila de enormes placas de yeso. Salió del coche sujetando una bolsa de papel con un martillo que sobresalía de ella y, sin mediar palabra, desató las placas de yeso y, una por una, las llevó al interior del casino.

Y no volvió a salir aquella noche.

Durante la silenciosa cena con mi madre, durante el resto de aquel viernes por la noche, y aún mucho después de haberme acostado, pude escuchar -todo el mundo pudo escuchar-, los golpes regulares del martillo de mi padre. Me lo imaginé sudando, perdiéndose la cena, echando de menos a mi madre, enfadándose cada vez más conmigo. ¿Sería el día siguiente el último día de mi vida? Eran más de las tres de la madrugada cuando conseguí dormirme. A la mañana siguiente, mi padre no dijo ni una palabra acerca de la noche anterior. Ni tampoco mostró rastro alguno de enfado o de reproche. Tuvimos un día normal, él, mi madre y yo; de hecho, nuestro habitual y agradable fin de semana familiar.

¿Estaba enfadado conmigo? Por supuesto que lo estaba. Pero en una época en la que muchos de su generación consideraban que castigar físicamente a los hijos era un derecho otorgado por Dios, a él le parecía que “dar unos azotes” era lo mismo que dar una paliza, y que dar una paliza era igual que un acto criminal. Y pensaba que cuando los niños recibían una paliza, siempre recordaban el dolor pero a menudo olvidaban las razones.

También me di cuenta años más tarde, que para él humillarme era algo impensable. A diferencia de los padres de mis colegas, no era capaz de tomar parte en una conspiración de venganza y espectáculo.

Pero mi padre había conseguido su objetivo. Nunca olvidé que mi acto de vandalismo de aquella tarde de agosto había sido algo vergonzoso.

Y nunca olvidaré que ese fue el día en el que comprendí por primera vez hasta qué punto podía confiar en él. (Mel Lazarus, novelista y creador de tiras cómicas)

La clave está, por tanto, en enseñar los límites al mismo tiempo que respetar la integridad de nuestros hijos.

Ser «padres no-reactivos» implica ser personas que individualmente somos capaces de hacer una parada y prestar una cuidada atención a la situación del momento tal y como se despliega. La práctica de atención plena nos sirve para adquirir la capacidad de traer la mente al presente siempre que ésta se ausenta.

De esta forma, estando presentes, todo es más claro y es más posible actuar sin dañarnos y sin dañar.

Por Carmen Gonçalvez

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