Descansar, mucho más que echarse una simple siesta

PILAR CORCUERA, de El Árbol Despierto

«Déjame decirte que la única manera que tiene nuestro cuerpo, mente y corazón de resetearse y limpiarse de verdad es descansando»

P.

Tengo 33 años y la frase que más he repetido en los últimos 5 años de mi vida es “estoy cansada”. 

-Qué tal estás. -Estoy cansada. 

Y parece mentira, pero no me daba cuenta de una necesidad tan esencial. 

Me ha hecho falta una buena sacudida y algo de consciencia sobre mí misma para darme cuenta de que ese “estoy cansada” no se alivia con dormir un poco más por las noches o con tumbarme un ratito en el sofá después de comer. Qué va. 

Hablo de un cansancio que aparece por estar viviendo el día a día inconscientemente desde un lugar equivocado o poco beneficioso para uno mismo.

Hablo de un cansancio de años, o a veces parece que hasta de siglos, por tratar de seguir manteniendo el mismo ritmo, la misma atención, la misma forma de vivir que he ido aprendiendo desde pequeña y que encima los que me quieren siguen apoyando y sosteniendo. 

Es muy curioso. Es muy curioso que no nos demos cuenta muchos de que cuando decimos que vamos a descansar, en realidad no sabemos lo que es descansar de verdad. Que confundamos el descanso con irnos de viaje y no parar ni un segundo en el hotel. Que confundamos el descanso con irnos de fiesta o con quedarnos en casa viendo Netflix. 

No digo que no puedas descansar haciendo algunas o todas estas cosas, pero lo que sí es seguro es que hacerlas no te garantiza el descanso. 

Lo que quiero decir es que vayas donde vayas te llevas a ti mismo. Esto es algo que no podemos evitar. 

Y por eso el descanso no depende tanto de la actividad que realices sino de la forma en la que desarrollas tal actividad; vamos, que depende más de quién estás siendo mientras haces lo que haces. 

Por ejemplo, las personas que tendemos a ser exigentes, perfeccionistas, y que continuamente estamos mirando lo que falta, también en momentos en los que se supone que debemos estar disfrutando relajadamente, tendemos a vivir desde ese aspecto dominante de nuestra personalidad y no nos permitimos habitualmente soltar el timón y descansar. 

Sin embargo, con personas que no proyectan tanto en el futuro, que se tienden a conformar con lo que hay, y que no esperan tanto de sí mismos ni de la vida, ocurre al contrario. Cualquier momento, por estresante que sea, lo saben vivir desde la calma y la ligereza, sin darle demasiada importancia. Son personas que saben quitarle hierro a las cosas incluso en medio de una gran crisis o tormenta emocional, social, laboral…

Obviamente, al estar hablando de dos polos tan opuestos, la mayoría de nosotros no tenemos completamente un tipo de personalidad u otro, pero sí que nos puede servir de referencia para saber cómo solemos movernos en la vida y la repercusión que puede estar teniendo nuestro ritmo en nuestra salud. 

Hablemos de ritmos por un instante. 

Hablemos de los ritmos y los ciclos que están presentes en todo el Mundo, y que sostienen desde la formación de la Tierra hasta la creación de los ríos e incluso habitan cada encuentro, cada saludo, cada abrazo, cada beso. 

Veo a un amigo, me acerco a él, le saludo, hablamos, nos despedimos, seguimos cada uno nuestro camino. Ahí tenemos un ciclo. 

Un día es un ciclo que empieza, se desarrolla y termina. 

Nuestra vida es un ciclo. La Naturaleza tiene sus ciclos. 

Una respiración es también un ciclo formado por la inspiración, la espiración y la transición o silencio antes de que comience la siguiente. 

Y así con todo lo que hacemos y con todo lo que existe en este planeta.

Algo se planta.

Algo se riega y se cuida.

Algo crece, florece y da frutos.

Algo se recoge.

Pero falta algo en este ciclo. Falta algo después de la recogida y antes de volver a plantar. Falta algo esencial que no vemos porque no estamos educados para verlo. Falta el descanso. 

Cuando hablamos de descanso me refiero a un tiempo de parar. A ese tiempo necesario para que los nutrientes se absorban y enriquezcan el suelo. A ese tiempo de integración para hacer la digestión. Es el barbecho, el descanso del suelo. Es un periodo necesario para la reflexión, para ver con más claridad los siguientes pasos. Es una pausa en el camino. Es el Kumbhaka o silencio respiratorio. Es un momento de autoconocimiento, ya que éste no se puede ver en movimiento. Es el invierno. 

El invierno sucede en la Naturaleza cuando ya los árboles han perdido todas sus hojas, cuando todo lo visible entra en quietud. Cuando la no acción es tremendamente necesaria en pro de la acumulación de materia en el suelo y su posterior alimento para las raíces. Su verdadera fortaleza nace de ese merecido descanso. 

Los árboles saben no hacer. Nosotros aún no hemos aprendido la lección. 

La vida que llevamos la mayoría nos desconecta de estos ritmos originarios, e incluso nos acaba desconectando de nosotros mismos y de nuestras necesidades primarias, hasta llegar a un punto de estar mal y de no saber lo que nos pasa. 

A la gente le pasa lo que le pasa porque no sabe lo que le pasa.

Confundimos descansar con caer exhaustos en la cama al final del día porque ya no podemos más. Eso es derrumbe, no es descanso. 

Confundimos descansar con seguir haciendo cosas fuera del trabajo. 

Confundimos descansar con escuchar música, abrir el facebook o el Instagram, leer un libro o ver las noticias. 

Confundimos descansar con creer que estamos descansando cuando lo que en realidad estamos haciendo es seguir rellenando espacios de tiempo con  personas y actividades que con la excusa del entretenimiento o del crecimiento, siguen llenando de información nuestro sistema cuerpo-mente. 

Confundimos descanso con tapar algunas de nuestras necesidades más primarias con conversaciones, comida, bebida, drogas, formación e información que nos siga estimulando, que nos siga manteniendo en esa falsa sensación de vida y movimiento incesante. 

Nos da miedo parar y mirar lo que hay cuando paramos. 

Nos da miedo la soledad de estar solos con uno mismo. 

Nos da miedo el silencio. 

Nos da miedo encontrarnos realmente. 

Nos da miedo pasar nuestro propio invierno. 

Y es natural, ya que desde fuera se promueve el trabajo duro, la productividad, los resultados, el llegar más lejos, el esfuerzo. 

Como hemos escuchado que la vida es una selva, que mariquita el último, que hay que luchar, que la cosa está muy mal, que al menos tú tienes un empleo, que no te quejes, que no hay tiempo para que tomes decisiones, que todo tiene que ser ya, que hay mucha competitividad, que si no te vas a perder algo importante, que hacerlo más rápido es hacerlo mejor, que los números importan…

Como hemos escuchado que vales por lo que haces en la vida y no por lo que eres, y que te tienes que ganar el pan desde ya, y que nadie te va a regalar nada, y que espabiles, y etcétera, etcétera, nos hemos convertido en esclavos del siglo XXI. 

Somos esclavos de un sistema de producción que nos vende un falso bienestar a cambio de que sigamos produciendo y nosotros mantenemos el statu quo, enseñándole con nuestro ejemplo a hacer lo mismo a nuestros hijos, y éstos a sus nietos. 

Ni más ni menos. 

Cuidado. No estoy animando a ser antisistema. Pero sí me gustaría que todos fuésemos despertando y tomando consciencia de que el sistema capitalista no está cubriendo muchas de las necesidades básicas que dice cubrir, ya que no está incluyendo el necesario invierno en nuestras vidas. 

¡Nos merecemos ser felices!

Y ya, a estas alturas, todos los que estáis leyendo esto sabéis que la felicidad está más relacionada con estar bien que con tener muchas cosas. Puedes tener muchas cosas y estar bien. Puedes tener muchas cosas y estar mal. Puedes tener pocas cosas y sentirte un desdichado y puedes tener pocas cosas y estar fenomenal. 

Así que, el estar bien no depende tanto de las cosas que logres tener o hacer, sino de cómo te sientes en tu cuerpo, en tu mente y en tu corazón. 

Déjame decirte que la única manera que tiene nuestro cuerpo, mente y corazón de resetearse y limpiarse de verdad es descansando. Es imposible estar bien y continuar estando bien mucho tiempo si no tienes en cuenta los ciclos en tu vida, y por supuesto si te olvidas de incluir tu propio invierno. 

Descansar se convierte en un acto revolucionario y contracultural

Soy consciente de que descansar es un reto en nuestra época. Nadie nos ha enseñado y por eso yo estoy escribiendo esto en este momento, porque desde hace unos meses he puesto mi foco en el descanso como práctica personal, y ya veo su influencia positiva en muchas otras áreas de mi vida.

Y hoy vengo a animarte también a ti a que echemos juntos una mirada a tus ritmos y a cómo estás viviendo el día a día. 

Si estás persiguiendo un beneficio, no estás descansando.

Si estás ayudando a alguien por recibir de vuelta algo (aunque sea su aprobación o su amor), no estás descansando. 

Si estás haciendo algo para conseguir otro fin o como medio para otra cosa, no estás descansando. 

Si estás haciendo algo poniendo el foco fuera, en los demás, no estás descansando de verdad. 

Descansar se convierte así en un acto revolucionario y contracultural. 

Es el arte o el reto de hacer sin hacer. 

Es el poderte sentar a sentirte.

Es el parar porque yo lo valgo. 

Es un kitkat consciente. 

Y no hace falta que llegues a estar agotado como yo lo estaba para empezar a cultivar el descanso. De hecho, no esperes a estar cansado para descansar. 

Así, aquí te propongo algunas prácticas y otras cosillas que puedes ir haciendo si quieres empezar a incluir el descanso en tu vida: 

  • Pasa algún momento solo. Sin personas, sin móvil, sin televisión, sin radio, sin música.
  • Date paseos cortos o largos sin ningún objetivo más allá del propio paseo. Presta atención a tus pasos mientras caminas.
  • Apaga el móvil o déjalo algún rato al día o un día entero a propósito en casa o en otra habitación.
  • Túmbate en la cama un rato al día, fuera de tu horario de dormir, aunque no tengas sueño. Quizá te duermes, quizá no. El propósito es que tu cuerpo se vaya acostumbrando al reposo.
  • En una conversación, trata de no rellenar los silencios constantemente. Pregúntate: ¿Es realmente necesario que yo diga esto? ¿Va a ayudar o a inspirar esta conversación? Practica el quedarte callado más de lo que sueles hacerlo.
  • No ayudes a nadie. Durante una semana o un mes pon el foco en no ayudar a nadie. Pregúntate: ¿Estoy diciendo sí a esto para que los demás me sigan amando de alguna manera?
  • Di “No” durante un tiempo (empieza por un día, simplemente). Cuando te propongan algo, lo que sea, prueba a decir algo parecido a “necesito tiempo para pensármelo”. Si te meten prisa, di “No”. Si te permiten que te tomes tu tiempo, usa ese tiempo para hacerte la pregunta del punto anterior.
  • Haz la prueba durante una semana: coge tu agenda y elimina todas las actividades que no sean “obligatorias”.
  • Si haces yoga, meditación o algún deporte o práctica corporal, no la hagas durante una semana o hazla menos tiempo o baja la intensidad para hacerla más suave. Nota qué sucede en ti al cabo de una semana.
  • No trates de caer bien a la otra persona al conversar con ella. Esto no significa que trates de caer mal. Simplemente, que no gastes demasiada energía ni hagas esfuerzos por caer bien. Nota las reacciones en ti y en la otra persona.
  • No te esfuerces durante una semana. Pregúntate: ¿voy a hacerlo porque me apetece (aunque sea un trabajo que no te apasione, te apetece ganar dinero a fin de mes) o voy a hacerlo porque he dicho que lo tengo que hacer o porque, si no, mi marido se cabrea o porque quiero caer bien…? Es decir, investiga con curiosidad desde dónde haces las cosas que haces. ¿Buscas aprobación? ¿Buscas aprendizaje? ¿Buscas disfrute?
  • Si eres mujer, planifica tu semana de menstruación para quedarte más tiempo en casa, cuidarte más, dormir más.
  • Conecta con tu respiración a menudo (sobre todo a través del yoga y de la meditación, puedes aprender a tomar consciencia de tu respiración para irte dando cuenta en tu día a día) en un semáforo en rojo, en la cola del banco o de la charcutería, en cualquier situación donde obligatoriamente tengas que estar parado. ¡El día está lleno de momentos que nos invitan a parar y descansar!
  • Cuando te notes ansioso acerca del futuro, del dinero, de tus planes, apóyate en el respaldo de la silla o si estás de pie, lleva sobre todo el peso hacia tus talones. Nota tu respiración. Recuerda que estamos aquí para estar bien, y que en muchas ocasiones (yo diría que la mayoría) estamos ya bien y no nos damos cuenta. Pregúntate: ¿Todo o algo de esto que me preocupa es realmente necesario para estar mejor? Diferente es ocuparse que preocuparse.
  • Obviamente, revisa tus horas de sueño y siente cuántas horas necesita tu organismo para estar bien durante el día (entre 7-9 normalmente). Organiza si hiciera falta tu agenda para que puedas cumplir esas horas de sueño. Prioriza durante un tiempo tus horas de sueño sobre otras actividades. Nota si ha habido algún cambio.
  • Haz de la cama una fiesta. Lee en la cama, ponte una iluminación que te guste en la cama. Ponte olores que te gusten (aceites esenciales, quemadores o inciensos) en la almohada o cerca de donde duermes. Coge lecturas que no tengan que ver con tu trabajo ni con el aprendizaje ni con tu crecimiento, sólo con el disfrute. Ponte una crema de manos que te guste, asegúrate de elegir una almohada y sábana con la que estés cómodo y, por qué no, cómprate un pijama que te haga sentir bien. Se trata de hacer de tu descanso un ritual importante.

Si pruebas a hacer una o varias de estas prácticas, es importante que prestes atención a los cambios que se producen en ti, en tu nivel de energía, en tu ánimo, y en otras áreas de tu vida. Coge lo que te sirva, deshecha lo que no te sirva. Quédate con lo que realmente te vale para aprender a vivir tu invierno de verdad. 

Deseo que descanses y que te lleves algo de valor para tu vida,

P. 


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2 comentarios en “Descansar, mucho más que echarse una simple siesta”

  1. Me encanta lo que escribes y gracias por recordarnos la importancia real del descanso. Justo ahora, desde un viaje en en el metro de Madrid donde el ritmo que se vive es vertiginoso, me llega tu post.
    Gracias por conectarme con lo importante y por hacer de este viaje en metro un momento de reflexión.
    Un beso enorme

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    • Un abrazo fuerte, María.
      Sí, te entiendo. Sobre todo en las ciudades donde estamos tan desconectados de nuestros ritmos naturales, viene como agua de mayo hacer prácticas que nos recuerden volver al cuerpo, aunque sea una simple respiración a tiempo entre semáforo y semáforo. Mucho ánimo desde Las Palmas. Gracias por tu honesto comentario.

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